
Voy a intentar explicar un batiburrillo de ideas sobre el tema difuso del título, algunas de ellas en proceso de edición por parte de cierta persona, que son por lo demás agudas y coherentes, fruto de años de codos en la mesa del despacho.
Uno de los grandes dilemas que se presentan al que se sumerge por su cuenta y riesgo en la crítica literaria de la Antigüedad es la razón por la que la
Poética de Aristóteles no trata una sola línea sobre la comedia, el yambo y los "géneros bajos" de la literatura de entonces.
El nombre de la rosa mostró en su día su respuesta particular, que no dejó de ser una simpática ficción literaria, y que se reafirmaba en el que el bueno de Aristóteles los trató sin lugar a dudas, pero que el tiempo y las ideologías contrarias hicieron su mella. De todas formas es posible que el silencio sí esté motivado, y en gran medida, por toda la crítica literaria que precedió al Filósofo, que no fue poca, y de la que debe asumirse que estuvo bien al tanto, desterrando la idea preconcebida de que fue pionero y antorcha en una especie de mar de tinieblas.
Si algo tuvo claro la Antigüedad, fue la jerarquía en la que debían organizarse los géneros literarios. Hasta la eclosión en Grecia de la tragedia, el trono lo ocupó la épica homérica, con dos obras, la
Ilíada y la
Odisea, que en cuestiones de contenido bien poco tienen que ver entre sí. Los personajes de baja condición de la
Odisea (el porquerizo Eumeo, o el propio Ulises convertido en mendigo), que jamás aparecerían en la
Ilíada, sirvieron de fundamento a Calímaco para elaborar una respuesta a la épica con su tratamiento de historias secundarias o marginales. Ya Bakker probó la diferencia de base: el fin de Aquiles es conseguir gloria y renombre terrenos que irán en perjuicio de él en la otra vida, mientras que el objetivo de Ulises es el regreso a la patria, precisamente lo que Aquiles nunca podrá hacer. Frente a la
Ilíada, la
Odisea presenta así una visión del mundo de los muertos mucho más esotérica y extraña. Defiende Meuli que el mundo odiseico tendría como trasfondo el discurso del chamanismo escita según el cual el sacerdote viaja al mundo de los muertos en estado catatótico, y a su vuelta narra lo que ha visto de tal manera que parece estar sucediendo en ese mismo instante (Ulises en la corte de los feacios). Frame añade además que este tipo de épica estaría relacionada con la iniciación mistérica, donde la muerte se experimentaba por adelantado, aunque Homero no fuera consciente de esto, pero sí paradójicamente Parménides, por ejemplo, que toma el metro y las formas épicas para expresar su esoterismo filosófico en el poema que conservamos. El modelo de héroe de la
Odisea, pues, es el de un peregrino que regresa de un viaje de conocimiento en el más allá, idea que varios presocráticos (Pitágoras, Empédocles y el ya mentado Parménides) cultivaron con mayor claridad y profusión.

Todo esto no es conocimiento baladí. Las creencias místicas griegas partían de la base de que, en algún tiempo pretérito, la humanidad fue portadora de un conocimiento ahora perdido, al que se accede por medio de la etimología (donde está la esencia de la palabra y de la cosa), de donde surgen la exégesis y los exégetas. Nace aquí, pues, la crítica literaria de los místicos, que no sólo se limitó a leer a sí misma como demuestran documentos exquisitos como el papiro de Derveni, sino que además leyó con avidez a Homero buscando extraer de él los elementos de su obra relacionados con los cultos mistéricos que permitan también una interpretación mística. De este modo, como defiende Stuck, aparece como respuesta la
Poética de Aristóteles, tratado que busca la claridad y la racionalidad, dando una bofetada de base a toda esta crítica de esoterismo órfico,
crítica alegórica.
La radical oposición de escuelas se acentúa con creces en Alejandría. La edición de Homero que realiza Zenódoto está profundamente connotada de las influencias de su maestro Filitas de Cos, partidario de la lectura alegórica y el misticismo, y al que Calímaco toma de referencia. Aristarco, por su parte, deja claro en su
Contra Filitas una visión totalmente opuesta y racional. Y es precisamente su idea la que triunfa y pasa a la posteridad.
Hasta qué punto esta interpretación mística tuvo repercusión en la literatura posterior es un tema más espinoso. Es significativo que el poeta Ennio, cuando narra las causas de la Segunda Guerra Púnica, atribuya su desencadenamiento a un ser de rasgos ctónicos similar a los cuatro elementos de Empédocles, que a su vez sirvió de inspiración para la magistral Alecto de Virgilio. Estos dos poetas, épicos precisamente, presentan así una visión negativa de los misterios y de la mística, como elementos perjudiciales para la patria y la ortodoxia social. Es sin embargo en la elegía y la "poesía grácil" de Ovidio donde los misterios se revalorizan, donde se pasa con indiferencia de la religión a la filosofía, reivindicando una interpretación alegórica de las cosas que eleve lo marginal a la categoría de sublime, como ya había intentado Calímaco. Existió, porque esto así parece demostrarlo, una pugna continua entre la ortodoxia aristotélica y virgiliana y el misticismo heterodoxo de los elegíacos y poetas de amor, cuyos fines pretendieron ir mucho más allá de lo que se ha supuesto. Y esta vez sí, el tiempo y el olvido han hecho mella.